A medida que vas madurando, te das cuenta que te resulta más fácil admitir que siempre serás aquel niño. Aquél que, paradójicamente, siempre quería ser mayor.
Un día, de repente, eres consciente de que no te interesan las novedades del ruido mundano. Que tu gusto musical se congeló en lo que sonaba aquél tiempo.
Con la serenidad que te otorga la perspectiva de los años, puedes disfrutar plácidamente de los recuerdos, y sin el sentimiento culpable de haberte estancado.
Todo lo contrario: ya no estás obligado a seguir las irreflexivas y estúpidas modas.
Desde tu atalaya vital, contemplas, triste pero sereno, lo vivido, lo olvidado, el recuerdo, en resumen: lo nostálgicamente aprendido y amado.
lunes, 2 de junio de 2008
La Atalaya
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